Verla siempre pasar por las calles del viejo Quito, en las mañanas o en las tardes. Antes de un aguacero como la Guaragua, a punto de llover en la Recoleta o a pleno sol por La Loma. Altiva o encorvada, pausada o en prisa. Trigueña o sonrosada, esbelta o con las piernas torcidas.
Unas veces con una capa de terciopelo, un largo vestido y un paraguas, y otras veces con un terno añil lleno de encajes y falda corta, que decía haberlo traído de Alemania. Pero una y otra vez usando siempre un extravagante , amplio y colorido sombrero con velo; guantes, medias rojas , mullos, plumas, un zapato azul y otro encarnado pero ambos tacones altos; una desmesurada cartera; cintas de colores en el pelo y un pito.
Solía amenazar con repartir paraguazos o bastonazos, mientras vociferaba blasfemias, maldiciones y palabrotas a los guambras y choferes que le gritaban “Torera”.
En una ocasión la observaron encaramada en el carro alegórico de la Universidad Central en aquel corso de Flores, en el cual iba ataviada con sus mejores galas, rodeada de bellas muchachas y de estudiantes disfrazados de matadores, banderilleros y picadores, quienes pedían al público no hacer comentarios (mofa) en voz alta para no herir la susceptibilidad de tan simpar madrina. Fue la comparsa más aplaudida y recordada de esa época.
En otra ocasión por la calle Guayaquil, en la cuesta de San Agustín, a las doce meridiano y en direcciones opuestas divisaron dos toreras, ataviadas casi en forma similar. Sucedió entonces que la una se acercó hasta la otra diciendo ser un fantasma que se había reencarnado en la segunda. Ante el asombro de esta, el fantasma se quitó la peluca y se limpio el maquillaje, entonces e pudo reconocer al Terrible Martínez, quien cogió de la mano a la auténtica Torera dándole un beso en la mejilla y diciéndole: “Quise imitarte porque eres una figura querida y única en Quito”.
Entonces los curiosos aplaudieron y algunos gritaron vivas. La Torera lloró de emoción y dio un beso en plena boca al Terrible.
De estos homenajes que le rindió el pueblo pueden testimoniar los abuelos de una ciudad inolvidables y de una época extinta.
La Torera solía indicar que era descendiente de la nobleza de la ciudad, particularmente del Barón de Carondelet. De esa misma nobleza, que según afirmaba, tramaba volverla loca, porque acostumbraba a enviar sus esbirros para que golpeen cacerolas bajo su ventana o a lanzarle pollos muertos.
Creía que su vivienda era una cueva en los acantilados del Machángara o que residía en una casa en lo alto de la Libertad, cerca del monumentos de los héroes, muy, muy atrás de la calle Huáscar. Creía también que su indumentaria estaba hecha a la moda de los años 20 al estilo de París, o considerar que ese sombrero grande, la falda corta y el pelo recortado estilo “melena Garzón”, con que solía aparecer, era propios de los 30.
La Torera pensaba que era incapaz de envejecer y que habís estado en Europa, exactamente en Francia, al servicio de una familia adinerada.
Nació en Baños en Tungurahua y su nombre era Anita Bermeo. Arrendaba un cuartucho en la casa de alguna familia aristocrática de la ciudad en el que se pasaba remendando tratos y encajes, espumilla de novia y capa de terciopelo, porque su oficio era el de costurera, gracias al cual logró ganar algo de dinero, especialmente en la casa del señor Vásconez Gómez.
Habitualmente entraba altiva al Sagrario o al Carmen Alto para oír misa, pero sin sacarse su sorprendente sombrero florido, razón por la cual era divisada a tiempo por los sacristanes que siempre la sacaban a empellones.
De joven fue en calidad de ama de llaves a San Francisco de California al servicio de la familia Ruy Barbosa, quien le había expresado su interés porque contraiga matrimonio con un tal Mr. Daloween que nunca apareció porque sólo se trataba de un engaño y un enganche.
Podría decirse que su "locura" empezó a partir de esa experiencia en dicha ciudad en que los edificios no dejaban ver el sol ni se podía entender a sus habitantes porque no sabían hablar en cristiano. Fue entonces cuando descubrió a la señora amándose apasionadamente con un negro, cuando e señor salía de viaje; negro del cual tuvo un hijo, al que mas tarde la familia lo escondió en una hacienda en donde lo tenían trabajadno como tractorista, buscando con ello ocultar el pecado y despojar del pasdo a otro mestizo.
Toda esta historia y otros pormenores los contó un día en la Radio Centro, después de que unos muchachos la encerraron en un taxi y se la llevaron a la emisora para obtener la recompensa de 1.000 sucres que había ofrecido el locutor para quien llevase a un personaje célebre de la ciudad. Precisamente esa indiscreción y el error de haber nombrado a otras familias de alcurnia y sus respectivos pecados –a las cuales fustigó y criticó en una exaltada e interminable amonestación hasta el director de la radio cortó de golpe el programa después de una llamada telefonía- fue la causa para que esa misma aristocracia decadente e inútil, sirviéndose de un cura y un alcalde llevaran a cabo su nefasto plan de arrancarla de la ciudad, desprestigiar su lucidez, tacharla de calumniadora y finalmente exiliarla en Conocoto.
En 1971 luego de Conocoto, por el peso de la edad y una enfermedad en el pulmón, pasó a otro exilio: el Asilo de Ancianos Corazón de María en donde murió en enero de 1984.
Anita Bermeo fue enterrada en el cementerio del Batán y su tumba es visitada por muy pocos porque no están enterados o porque quieren imaginársela aún presente en calles y plazas.
La Torera al ser la más célebre nómada urbana, encarna el deseo de fuga y la libertad al fin ganada a una ciudad que fuera enclaustrante e inmovilizadora.
La Torera pasó de representar al iluso deseo de las clases populares por formar parte de la aristocracia, a la burla ridiculización que el pueblo supo realizar de esa misma élite, una vez que algunos de sus hijos vivieron y tomaron conciencia de la imposibilidad de tal acceso por el carácter cerrado y segregacionista de la alcurnia.
La aristocracia de Quito en venganza por el desnudamiento de que fue objeto por la Tortera, planeó –y acaso consiguió- quitarle historia, realidad, cordura y convertirla en un fantasma, un ser semificticio, cuyas anécdotas no pueden ser tomadas como lecciones de rebeldía y cuyos testimonios no pueden servir como fuentes de información histórica.