En TallÃn se inventó Skype, es uno de los destinos con más marcha nocturna del norte de Europa y el primer paÃs que permitió el voto por Internet. Pero sigue conservando ese deje añejo en sus callejuelas, su mercado central, en el que igual dispensan especias, especialidades rusas que medio kilo de pollo, o en su distrito de las casas de madera, al noroeste de la ciudad. Allà se apiñaban los obreros que que trabajan en la construcción del ferrocarril desde San Petersburgo. Y allà se quedaron.
Si el tiempo lo permite, no está de más tomarse un café en cualquiera de las terrazas que se aglutinan en el centro histórico. Y si no también, ya que nunca faltará una manta sobre el respaldo de los asientos parar cobijarse ni una clásica estufa de pie entre mesa y mesa. Una última opción recomendada por los lugareños: darle al Vana Tallin, el licor nacional que puede tomarse solo o con café. La versión original está elaborada a base de ron.
El zar Pedro el Grande mandó construir en 1718 el palacio barroco de Kadriorg como residencia de verano. Fue una de las consecuencias de la Gran Guerra del Norte, que dejó a Estonia en manos rusas por primera vez. Luego llegarÃan los comunistas, pero muchos años más tarde... El parque de Kadriorg, de 100 hectáreas, es hoy un agradable pulmón verde dentro de la propia ciudad. A sus habitantes les gusta acercarse hasta aquà para alimentar a las palomas, pasear en bicicleta o tomarse tranquilmente un café en los alrededores del estanque del Cisne.
TallÃn entró a formar parte de la Liga Anseática comandada por de Lübeck, Alemania, en 1248, lo que le permitió goza del estatus de ciudad autogobernada. Hoy, todavÃa es posible contemplar el trazado medieval que definió a estas urbes de marcado carácter comercial.
El callejón de Santa Catalina, repleto de tiendas artesanales (sobre todo especializadas en artÃculos de plata, cerámica, sombreros o seda pintada a mano), cafés con encanto y coquetas terrazas, es uno de los rincones más visitados (y sobre todo fotografiados) de la ciudad. Se extiende por las calles Vene y Müürivahe, justo detrás de la iglesia de Santa Catalina. De ahà el nombre. También es un buen lugar para observar los gruesos muros de la muralla desde abajo. No se olvide de pasar por el patio de Masters y lanzarse a por cualquiera de sus apetitosas piezas de chocolate. Sólo apto para muy golosos.
En TallÃn se puede comer mazapán, patinar sobre hielo en invierno, visitar las todavÃa presentes huellas soviéticas desperdigadas por la ciudad, salir de marcha hasta las tantas, escaparse a Finlandia en ferry y participar en un festival de música sacra. ¿Algo más? Escuchar leyendas de mujeres encadenadas a perros fantasmas, por ejemplo.
TallÃn es una de las ciudades medievales mejor conservadas de toda Europa. Y una de las más informatizadas: dos tercios de la población tiene acceso a Internet y Estonia fue el primer paÃs del mundo en permitir el voto virtual en unas elecciones legislativas. Ocurrió en 2004, pero para las próximas ya planea incluso que se pueda hacer a través del móvil. De hecho, la playa, los bosques, los parques, los bares, el aeropuerto... Todo es espacio wifi gratuito.
![[foto de la noticia]](http://estaticos01.ocholeguas.com/albumes/2009/09/21/tallin_medieval/1253545066_extras_albumes_2.jpg)
En el centro de TallÃn, entre las calles serpenteantes y adoquinadas de la Ciudad Antigua, sorprenden carteles tan curiosos como éste, que alerta de forma tan gráfica a los viandantes del peligro de robos por la zona. Aun asÃ, la seguridad es uno de los puntos fuertes de la capital estonia, llena de ambiente tanto de dÃa como de noche.
El Teatro Estonia es uno de que más peso tiene en el paÃs. Su construcción supuso todo un esfuerzo para sus habitantes, que hoy en dÃa pueden disfrutar en él tanto de conciertos como óperas (como la de Wallenberg, en la imagen) y todo tipo de obras teatrales. Pero su historia no siempre se rodeó de éxito, ya que sufrió graves daños durante la II Guerra Mundial. En concreto, el 9 de marzo de 1944, cuando los bombardeos soviéticos destrozaron gran parte del edificio.
Entre callejones escondidos y vericuetos sin salida (aparente) siempre aparecerá una agradable terraza en la que probar comida local o china, rusa, francesa, japonesa... Incluso con sabor a ajo, como es el caso del restaurante Balthazar, cuya especialidad es precisamente ésa. Basta echar un vistazo a la carta para hacerse una idea: chuletas con verduras y salsa de vino y ajo, helado de chocolate y ajo...